‘Tranquilitas’ del catalán

Jesús Moncada era de la Franja de Aragón, escribía en catalán. En Camí de Sirga popularizó el verbo sirgar: ir contra corriente. La gran mayoría de los catalanes quiere nuestra lengua normalizada, sin más condicionantes que los de cualquier lengua. La peculiar paradoja del catalán, sin embargo, es que su principal enemigo es la contracorriente artificiosa que despliega el Estado español a través de sus aparatos políticos y judiciales.

Cuesta aceptar pero es así. Las instituciones básicas del Estado mantienen posiciones contrarias a la propia letra y espíritu del artículo 3 de la Constitución. Niegan que “la riqueza de las diferentes modalidades lingüísticas de España es un patrimonio cultural que será objeto de especial respeto y protección”.

De respeto y de protección, nada de nada. Los partidos españolistas han dejado de lado cualquier idea de Estado verdaderamente plurinacional, pluricultural y plurilingüístico y niegan sistemáticamente cualquier apoyo político, administrativo, legislativo y económico al catalán. El Estado no respeta ni promueve el catalán, a menudo lo maltrata y lo combate. Es el Estado español –y no la lengua castellana, ni ninguna lengua– quien crea una corriente artificial en contra del catalán con recursos, sentencias, reinterpretaciones y suspensiones inequívocamente restrictivas y contrarias. Son las diferentes maquinarias territoriales de obediencia estatal las que tratan sistemáticamente de fraccionar, prohibir, dificultar y minimizar el catalán con argumentos acientíficos. Inventan lenguas y castellanizan topónimos.

La conclusión es inequívoca: el Estado no está al servicio de los catalanes, no aporta al catalán ninguna garantía de pax y tranquillitas, la función principal con la que nacieron los Estados. El Estado español sólo avala los privilegios y la retórica de los que niegan la diversidad y la pluralidad de España. Es, en exclusiva, de los de siempre. Sustenta un déficit lingüístico equiparable al déficit fiscal. Es el bastión que el españolismo ha encontrado para mantener vivo su modelo de estado, su uso simbólico exclusivista de España, sus privilegios que no quieren perder.

Los que luchan contra el catalán no defienden el castellano y todavía menos una sociedad bilingüe. No. Quieren una cosa que favorezca más sus intereses: desean una sociedad catalana fragmentada en dos comunidades lingüísticas, anhelan una Catalunya socialmente dividida, suspiran por una Catalunya políticamente subordinada. Quieren mantener los beneficios que les da que las cosas sigan como están.

Con este Estado no tendremos nunca corrientes favorables al catalán. Nos hace falta uno que recoja y materialice la voluntad democrática de los catalanes y no la niegue, que sea amigo y no enemigo del catalán. Deconstruir lo que tenemos, construir un Estado amigo, esta es la cuestión. Somos una nación con lengua propia. Tenemos derecho a tener un Estado propio, con soberanía lingüística, dispuesto a compartir cosas con Europa y también con España, pero con capacidad para actuar con eficiencia en un ámbito tan sensible como el de la lengua. Tenemos derecho a administrar plenamente y con sentido de Estado propio nuestra realidad lingüística, sin contracorrientes. Tenemos derecho a aplicar sin reservas el principio de la plena soberanía lingüística. Tenemos un Parlamento democrático que tiene atribuciones, competencias y legitimidad para legislar sobre cómo administramos nuestra relación con las lenguas: con el catalán, la lengua propia de Catalunya; con el castellano, la lengua de muchos ciudadanos; con el aranés y con las lenguas imprescindibles en un mundo global.

El Estado futuro de los catalanes a buen seguro compartirá soberanías. Subirá un peldaño decisivo en el instante que sepamos, con una política precisa y unitaria, romper con las reglas de juego siempre negativas de las instituciones del Estado actual. Cuando hagamos del Parlament el verdadero y único depositario de la soberanía lingüística de los catalanes, asumiendo la defensa del catalán, del aranés, y también del castellano en Catalunya. Cuando asumamos que el problema del catalán no es el castellano sino las reglas del juego desfavorables impuestas por el Estado actual. Cuando despleguemos nuestras propias agendas lingüísticas sin ambages en las coordenadas de una Europa multilingüe. Y también se expresa, evidentemente, dando continuidad a las agendas del Govern a favor de la lengua.

Las transiciones nacionales suelen materializarse cuando todavía no es perceptible que han empezado. Tengo la convicción de que hemos entrado en fase de no retorno. Ahora hacen falta continuidad y firmeza. No hemos hecho todo lo que hemos hecho para, como diría Prat de la Riba, “tener una diputación más grande ni para dar al alma catalana un pequeño cuerpo de administración subordinada, secundaria: una provincia. Todos queremos para Catalunya un cuerpo de Estado, todos sentimos que la dignidad popular catalana exige imperiosamente, más o menos acentuadas, formas de Estado”. Al catalán le hace falta un Estado propio favorable. Construyámoslo. Ejerzamos plenamente nuestra soberanía estableciendo que sólo las instituciones catalanas tienen la legitimidad para administrar nuestra realidad lingüística. Catalunya ganará. España y Europa también.

(Artículo publicado en La Vanguardia el 16 de julio de 2012)

Advertisements